Hermandad de Monte-Sión

Pontificia, Real, Ilustre, Antigua y Dominica Hermandad y Archicofradía de Nazarenos de la Sagrada Oración de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada y Santo Domingo de Guzmán

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La Reconciliación,
encuentro con la Iglesia, encuentro con Dios

 

 

1. Introducción

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Ciertamente, no resulta fácil hablar de un sacramento tan despreciado a veces, como es el caso de la Reconciliación. Nos consta que no puede resultar sencillo exponer en unas pocas páginas, el contenido y la reflexión de un sacramento basado, precisamente, en las culpas y los errores del hombre. Pero también es cierto que "tan peligroso resulta al hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, como conocer su propia miseria, sin conocer a Dios" (Pascal), ya que, en efecto, en la vida del cristiano, todo es gracia, y todo es una segunda oportunidad para volver a empezar de nuevo.

Nos proponemos en estas páginas, ofrecer una sencilla y accesible síntesis de este Sacramento, con el objetivo de profundizar en nuestros propios conocimientos y vivencias de la práctica sacramental y experimentar así la verdadera esencia de un Dios que se nos muestra como el misericordioso por excelencia...

Ofrecemos, en primer lugar, el contenido de la formación para aquéllos que quieran profundizar un poco en lo que ya conocen, o para los que quieran acercarse, casi por vez primera, a esta realidad sacramental; en un segundo momento, presentamos un ejemplo de lo que puede ser un examen de conciencia, para ayudar a las personas a preparase para celebrar el Sacramento; finalmente, presentamos el texto de la Parábola del hijo pródigo, con unas cuestiones que nos ayudarán a meditar acerca de la figura de Dios-Padre.

Este sencillo instrumento de trabajo, está pensado para que todos redescubramos la importancia del Sacramento de la Reconciliación, y profundicemos así en nuestra vida de cristianos. Conocemos sus imperfecciones y también que podríamos habrlo elaborado mejor, por eso, apelamos a vuestra comprensión, con el deseo de que Nuestro Señor haga fecunda esta labor en nuestros corazones. Gracias.

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2. Sentido y significado del Sacramento de la Reconciliación

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El Sacramento que perdona los pecados del cristiano, es un sacramento que resulta en los últimos tiempos un tanto polémico: muchos consideran que ha pasado de moda, y que por ello, no se hace necesaria su práctica. Los que así piensan, están dando a entender que Dios mismo se ha cansado de perdonar y ayudar al hombre en su lucha cotidiana por superarse, que Dios mismo, ya no es capaz de seguir abrazando al hombre y hacerle ver su misericordia,... Gran error, pensar que Dios ha dejado de perdonar, que ha pasado de moda que Dios nos siga abrazando cada vez que acudimos a Él.

El mismo nombre del Sacramento es también polémico: confesión, penitencia, reconciliación,... La confesión hace alusión a una parte de la celebración del Sacramento, en la que el penitente, en un diálogo personal con el sacerdote, le expone sus pecados; la penitencia se refiere al acto del penitente de solidarizarse con Cristo, por el perdón de sus pecados; y la reconciliación, hace referencia, más genéricamente al sentido del Sacramento en sí: reconciliarse con Cristo y con la Iglesia. Por ello, aquí lo nombraremos como Sacramento de la Reconciliación.

Muchos piensan que podrían lograr el perdón de sus pecados, en un encuentro directo con Dios, sin necesidad de un intermediario, esto es, sin la necesidad de recurrir al Sacramento de la Reconciliación. Esta postura, olvida principalmente dos aspectos: en primer lugar, una exigencia de tipo antropológico: que en la vida del hombre, los acontecimientos importantes, se celebran, reciben la consagración de un rito, y por ello, la reconciliación no puede ser una excepción, sino que debe celebrarse.

En segundo lugar, no podemos olvidar que el pecado, en cuanto esclavitud personal y ofensa deliberada a Dios, afecta a la relación que el hombre mantiene tanto con Dios como con la Iglesia, esto es, con sus hermanos; de manera, que sólo el pecado puede quedar redimido en el hombre, cuando éste se siente perdonado tanto con Dios como con la Iglesia, y esto se da necesariamente en el Sacramento de la Reconciliación, donde el hombre recibe el perdón de la ofensa hecha a Dios y, al mismo tiempo, se reconcilia con la Iglesia, a la que hirieron pecando.

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2.1. La realidad del pecado

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El cristiano, por el Bautismo, ha sido incorporado al misterio pascual de Cristo, e intergardo en la comunidad cristiana de los santos; al decir "de los santos", se entiende que esa comunidad eclesial tiene entre sus notas características, la de la santidad, lo cual significa que la Iglesia es santa -a la vez que pecadora, no lo olvidemos- porque participa de la perfección y santidad de Jesucristo, que la ha fundado. Pero mientras vive en el tiempo presente, el cristiano está sujeto a la tentación, que le empuja en ciertas ocasiones al pecado. El pecado lo es tal, porque atenta y destruye la santidad de la Iglesia.

El pecado, como acto libre y responsable de no querer salir de la esclavitud que nos impide ser auténticos hijos de Dios, constituye una ofensa a Dios y al prójimo, haciendo que la relación personal se vaya degradando. El pecado rompe la relación con Dios y con los hermanos, porque destruye el amor que debe darse entre ambos.

Al hablar de pecado, lo debemos hacer en una doble dimensión:

Teniendo en cuenta la dimensión religiosa del pecado, podemos también distinguir la gravedad del pecado, entre venial y el pecado grave:

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2.2 El Sacramento: punto de llegada y de partida

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El Sacramento de la Reconciliación, es un punto de llegada a la vez que punto de partida para la vida del cristiano:

En definitiva, el Sacramento viene a ser el signo realizado visblemente, donde el cristiano abre su vida a la Gracia de Dios, que le re-admite a la comunión de la Iglesia y donde se fragua el comienzo de la nueva existencia.

Si atendemos a la historia de este Sacramento, observamos cómo hasta el siglo VII, se tiene conciencia de que la Reconciliación sólo se puede practicar cuando existe la realidad del pecado grave, no para los pecados veniales. Si esto lo trasladásemos a la actualidad de nuestras comunidades cristianas, podríamos observar que felizmente, sólo en extrañas situaciones límite, se da la realidad de pecado grave en las personas que componen la comunidad eclesial. Ante esto, ¿se hace necesaria la práctica frecuente del Sacramento de la Reconciliación?.

El pecado, incluso el venial, es algo así como una pequeña herida en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Existen heridas de cierta envergadura que pueden producir la muerte de la persona; y existen, en cambio, heridas tan pequeñas que apenas pueden ser percibidas por los nervios. Estas heridas pueden correr dos fines: o bien que cicatricen por sí solas, o bien que se hagan cada vez mayores y causen verdaderos problemas al hombre.

En efecto, así es el pecado venial: nace como una pequeña herida, pero puede ir agrandándose si no se corrige; y la mejor forma de corregirlos, es con la práctica del perdón sacramental, precedida y acompañada de un deseo profundo de conversión. La práctica asidua de este Sacramento, ayuda a descubrir la propia debilidad humana y a valorar y experimentar, el gozo y la alegría del perdón de Dios, traducido en gracia y misericordia gratuita, generosa. No obstante, la norma no debe ser una periodicidad determinada, sino la autenticidad del corazón.

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2.3. Partes del Sacramento de la Reconciliación

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Para que la celebración del Sacramento de la Reconciliación obtenga el fruto deseado en la persona, que no es otro que la conversión de vida y el deseo de profundizar cada vez más en la relación con Dios, es necesario que se den unos pasos en el proceso de conversión. Esos pasos son los siguientes:

  1. Contrición. Es el sentimiento que experimenta el hombre cuando descubre su infidelidad hacia Dios. Dicho sentimiento, experimentado como arrepentimiento, lleva al hombre a un deseo sincero de conversión, provocado por lo que se ha venido a llamar en la tradición cristiana, el dolor por los pecados cometidos, así como el firme propósito de mantenerse en fidelidad a Cristo. Para la contrición y la reflexión personal que ayude al hombre a contemplar la realidad de su vida, se puede ayudar de un examen de conciencia.

  2. Confesión. La confesión oral de los pecados es una parte necesaria del proceso normal de la reconciliación, y como elemento personalizador de la celebración, es la parte del Sacramento sobre la que ha versado preferentemente la atención pastoral durante siglos.

  3. Satisfacción. Es también la obra penitencial que simboliza y es signo de una renovación de vida y comienzo de una etapa nueva, y por ellodebe tratarse de una auténtica acción que ayude a la persona a desprenderse de la lacra del pecado y ser una persona que experimente en su vida la liberación total de Cristo.

  4. Absolución. Se sitúa en último lugar porque en ele orden de las acciones realizadas, es la última de ellas, ya que se trata del fin que se persigue, llegándose a ella precisamente por las anteriores acciones realizadas. La absolución de los pecados, es el signo decisivo y fundamental de la reconciliación y la profesión de fe de la Iglesia en el sentido de la acción realizada. La absolución, acompañada de la imposición de las manos, es signo de acogida, bendición, reconciliación, donación del Espíritu,..., que hace tomar conciencia al penitentede la acción misericordiosa de Dios, obrada sobre él, lo que le hace expresar su acción de gracias.

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3. Ejemplo de examen de conciencia

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Proponemos a continuación un examen de conciencia pensado para cristianos adultos que han comenzado a vivir una experiencia de fe, y que descubren que a veces su vida dicta mucho de ser lo que desearan. Es posible que algunas de estas afirmaciones, no coincidan con el espíritu de muchos de los que las lean, pero es necesario recordar, que este modelo va dirigido a personas de muy distintas sensibilidades religiosas.

    1. ¿Acudo al Sacarmento de la Reconciliación con sincero deseo de conversión y renovación de mi vida, con el fin de afianzar y purificar mi relación y amistad con Dios?. ¿Me mueve la fe en el perdón de mis pecados?.

    2. Por falsa vergüenza o por negligencia, ¿he callado voluntariamente algún pecado de cierta envergadura en confesiones anteriores?.

    3. Después de anteriores celebraciones de este Sacramento, ¿me he esforzado en cambiar las actitudes de pecado que descubrí entonces en mí?.

    4. ¿Experimento que mi corazón y mi vida tiende a Dios, de manera que lo ame sobre todas las cosas en el seguimiento fiel de los valores del Evangelio?. ¿Actúo siempre con recta intención?.

    5. ¿Es firme mi fe en Dios?. ¿Soy consciente de la necesidad que como cristiano tengo que esforzarme por comprender la verdad revelada que me proporciona el magisterio de la Iglesia?. ¿He manifestado sin reservas mi condición de cristiano en la vida pública?. ¿Considero que estoy dando testimonio de la fe ante el mundo?.

    6. Mi relación con Dios: ¿es una relación basada en el amor, la confianza, el deseo de conocerle y seguirle?. ¿Lo tengo como mi auténtico Dios, esto es, como el centro de mi vida?.

    7. ¿Celebro semanalmente el misterio de la fe en la Eucaristía, o he eludido esta celebración por motivos poco serios?. ¿He procurado que la celebración eucarística sea realmente un encuentro personal y comunitario con Dios y con mis hermanos?.

    8. ¿He cumplido el precepto eclesial de la confesión y comunión pascual?.

    9. A veces se descubre en la propia vida, la existencia de otros "dioses", como pueden ser l ariqueza, la fama, el poder, la sensualidad, las supersticiones,... ¿Ha ocurrido así en mi vida?.

    10. ¿Tengo auténtico amor a mi prójimo?. ¿Me he descubierto abusando de la debilidad de mis hermanos o utilizándolos para algún beneficio propio sin importarme su opinión?. ¿Me he comportado con ellos como me gustaría que se comportaran conmigo?.

    11. ¿He contribuido en el seno de mi familia al bien y a la alegría de los demás?. Los hijos, ¿han sido comprensivos, respetuosos y amables con sus padres?. ¿Han sido los padres modelos de persona y de cristianos en la educación de sus hijos?. ¿Son los cónyuges fieles entre sí en el corazón y en la vida?.

    12. ¿Comparto asidua y generosamente mis bienes con los que son más pobres que yo?. ¿He defendido a los que son más débiles que yo: ancianos, emigrantes, niños,...?. ¿Está mi tiempo libre, a disposición de los hermanos que me necesiten?.

    13. El cristiano está, por el Bautismo, invitado a vivir los valores del Evangelio; y desde la celebración del Sacramento de la Confirmación, a poner por obra esos mismos valores desde su autoconciencia de cristiano. ¿Vivo y experimento mi fe con esta entrega y compromiso que se me exige como cristiano que soy?.

    14. ¿Intento construir comunidad cristiana en el seno de mi parroquia o movimiento apostólico donde me desenvuelvo?. ¿Participo de la labor evngelizadora de mi parroquia?. ¿Estoy realmente disponible a las necesidades que la Iglesia tenga de mí?. ¿Comparto mis bienes económicos con mi comunidad parroquial?. ¿He orado por las necesidades de mi comunidad cristiana?.

    15. ¿He cumplido con mis deberes cívicos como un buen cristiano?. ¿He eludido el pago de mis impuestos?. ¿He siod honesto en mi trabajo?. En el caso en que ejerza alguna autoridad laboral sobre otras personas, ¿he obrado conforme a la ética cristiana en el trabajo?. ¿He pagado los salarios justos?.

    16. ¿He mantenido la verdad y la fidelidad a las personas, o he perjudicado a alguien con calumnias?.

    17. ¿He producido algún daño a la vida, la integridad física, fama, honor o bienes materiales de alguna persona?. ¿He producido o inducido al aborto?. ¿He odiado a alguien?. ¿Me siento separado o enemistado con alguna persona?. ¿He guardado rencor o envidia hacia algún hermano?. ¿He sabido pedir perdón, u ofrecer perdón, en los momentos necesarios?.

    18. ¿He robado o deseado injustamente cosas de otros o les he causado algún daño?. ¿He restituido lo robado y he reparado el daño?.

    19. ¿Cuál es la dirección fundamental de mi vida?. ¿Me anima la esperanza en la vida eterna, o por el contrario caigo fácilmente en la desesperanza?. ¿Me esfuerzo en avanzar en la vida espiritual por medio de la oración, la lectura del Evangelio y la práctica de los Sacramentos?. ¿He sentido que alguna vez me he rebelado contra Dios?.

    20. En la vida del cristiano, como en cualquier otra, a veces llega el momento con serenidad y paciencia los dolores y contrariedades de la vida, solidarizándonos con Cristo sufriente en la cruz, ¿es así en mi vida, o me dejo arrastrar por el miedo y la desesperanza?.

    21. ¿He mantenido mis sentidos y mi cuerpo en la castidad, como templo que es del Espíritu Santo?. ¿He mantenido mi corazón y mis sentimientos en deseos o pensamientos deshonestos?. ¿He condescendido a mis deseos desordenados?. ¿He observado la ley moral en el matrimonio?.

    22. ¿He actuado contra mi conciencia, por temor o hipocresía?.

    23. ¿Cuál considero que es la esclavitud mayor de mi vida que me impide ser un cristiano libre para amar y seguir el mensaje del Evangelio?.

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4. Lectura y reflexión de la Parábola del Hijo Pródigo

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La gran novedad de la predicación de Jesús en el Evangelio, es el cambio de imagen que nos transmite, refiriéndose a Dios-Padre. Jesús supo pasar de una imagen un poco cruel de Dios en el Antiguo Testamento, un Dios que imponía castigos, que dudaba en perdonar y que a veces ponía pruebas excesivamente duras al hombre, a un Dios que ama por encima de todo al hombre y lo acoge, a imagen de un padre que siempre perdona y restituye al hijo. Esta imagen de Dios, es expresada admirablemente por Jesús en la página del Evangelio conocida por la Parábola del hijo pródigo (Lc 15, 1-32), y que a continuación reproducimos:

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: ése acoge a los pecadores y come con ellos.

Jesús les dijo esta parábola:

- «Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo un día a su padre: padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes.»

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces, y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces se dijo: «cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: "padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros".»

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo: «padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»

Pero el padre dijo a sus criados: «sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebraremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.»

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «mira, en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cabado.»

El padre le dijo: «hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.»

Esto que acabamos de leer es la Palabra de Dios, es decir, es un trozo del mensaje que Dios te dirige hoy a ti, por ello, reflexiona ahora en el silencio de tu corazón:

  1. ¿Cuál es la imagen que tengo de Dios?. ¿Se parece ésta a la de un padre bueno que se "conmueve"por la vuelta del hijo, le acoge y le perdona?.

  2. ¿Intento experimentar a Dios en mi vida cotidiana como ese padre que siempre ama y busca mi vuelta?.

  3. A veces somos como el hijo menor de la parábola: exigimos a nuestro Padre lo que no merecemos, lo derrochamos y después de haberlo perdido todo, le echamos en falta. ¿Somos valientes para volver a Él, arrepintiéndonos de nuestros pecados?. ¿Somos cobardes y orgullosos y no reconocemos nuestras equivocaciones?.

  4. ¿Acudo al Sacramento de la Reconciliación como el hijo acude al padre: con sincero arrepentimiento y propósito de amarlo siempre?. ¿Se parece en algo el Sacramento de la Reconciliación a esta parábola?.

  5. En ocasiones somos como el hijo mayor: envidiosos por el perdón y la generosidad que Dios ofrece a nuestros hermanos, ¿nos alegramos sinceramente del perdón de nuestros hermanos?.

Medita en tu corazón estas u otras cuestiones que te suscite la lectura de este pasaje evangélico, y recuerda:

Dios, nuestro Padre, está esperando nuestra vuelta a Él, ¿hasta cuándo le haremos esperar?.

 

 

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