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Hermandad de Monte-Sión Pontificia, Real, Ilustre, Antigua y Dominica Hermandad y Archicofradía de Nazarenos de la Sagrada Oración de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada y Santo Domingo de Guzmán |
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María en el centro de nuestras devociones
(Meditación de la sabatina a la Virgen del Rosario del 11/05/02)
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Lectura
del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 6-14)
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Los que estaban reunidos le preguntaron:
-«Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?.»
Él contestó:
-«A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.»
Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos.
Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron:
-«Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo?. Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»
Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático.
Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago.
Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.
Palabra de Dios.
R/ Te alabamos, Señor.
Queridos hermanos en Cristo:
¿No se parece esta lectura que se acaba de proclamar, a la misma reunión que nosotros estamos manteniendo en esta tarde?.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos que los primeros cristianos se reunían constantemente para hacer oración, invocando a Jesucristo, el Señor, para escuchar su Palabra, y para que Él les revelara el sentido último del Evangelio. Son los componentes de la primitiva comunidad cristiana, que tienen como vínculo de unión, la Fe a Jesucristo, el Señor, y el amor entre ellos.
En segundo lugar, vemos que están contemplando al Señor Jesús, que se despide de ellos, mientras asciende a la presencia de Dios Padre, para ser glorificado definitiva y eternamente, mientras escuchan su mandato de ser misioneros por todo el mundo hasta entonces conocido.
Asimismo, también escuchan de labios de Jesús una promesa: el envío del Espíritu Santo, para que puedan ser fieles al mandato misionero de Jesús, y alcancen a comprender enteramente, el sentido último de su Evangelio.
Finalmente, aparece María, como el centro de aquella reunión: Ella es la que los preside, dándoles fuerza y ánimo para llevar adelante el encargo de Jesús, mientras se cumpla la deseada promesa del envío del Espíritu Santo.
Ciertamente, la lectura que se ha proclamado, es un calco de la reunión de cristianos, que en esta tarde nosotros estamos realizando, o más bien, al revés: nuestra reunión litúrgica, esta sabatina, es una imitación de la de aquella primitiva comunidad cristiana.
Fijaos bien:
Lo que en esta tarde nos reúne a nosotros es la Fe en Jesucristo, en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Por ello, nuestra reunión, es reunión de la comunidad cristiana, en torno a Jesucristo, el Señor. Y lo que nos une a nosotros, es la fraternidad: el saber que pertenecemos a una comunidad cristiana (llámese Hermandad), que procura que entre todos sus miembros exista, de verdad, la caridad tan deseada por el Señor.
Por ello, especialmente en este tiempo de Pascua, cada vez que rompemos esa caridad y amor entre nosotros (con nuestras críticas despiadadas, con nuestros juicios de valor acerca de otros hermanos, con nuestros rencores y egoísmo, ...) estamos fomentando justamente lo que Cristo no quiere: que nos aborrezcamos, y que no veamos en las otras personas a un auténtico hermano nuestro, imagen de Dios para nosotros. Tenemos que esforzarnos por amarnos desinteresada y gratuitamente unos a otros, para que de verdad, el Señor sea el que presida y lleve por caminos de autenticidad la vida de nuestra Hermandad.
La oración es muy importante para todo ello en la vida del creyente -ya lo vemos en la lectura proclamada- pero sólo cuando la oración (como encuentro con Jesucristo, el Señor) nos lleva a contemplar a Dios en el hermano y a preguntarnos por sus necesidades, sólo entonces podemos asegurar que estamos orando. Lo contrario, es beaterio, que nos tapa los ojos y no nos permite amar.
Nosotros estamos hoy contemplando a Jesús en la Eucaristía, y por medio de la oración del Rosario, pero nuestros sentimientos se mueven entre la nostalgia y la esperanza: la nostalgia, porque hacemos memoria de Jesucristo, que asciende a la derecha del Padre, para, desde allí, seguir velando y acompañando a su Iglesia.
En los discípulos, imaginamos que aquel desencuentro supondría un desgarramiento profundo: ¡tantas vivencias compartidas!, ¡tantas confidencias al Maestro!, ¡tanta enseñanza!. Y, en cambio, ahora se marchaba, dejándolos solos y huérfanos. ¡Pero no!. Aún estaba por venir la gran promesa de auxilio y de gracia que es el Espíritu Santo: Él les daría la fuerza para llevar a cabo la misión de anunciar la Buena Noticia de la liberación de los hombres, por todo el mundo conocido; Él les ayudaría a comprender las palabras del Evangelio, de tal manera que éstas se convirtieran en motivo de gozo y en alimento para la comunidad cristiana.
Así ha de ser entre nosotros: tenemos que estar esperanzados e ilusionados por que el Espíritu Santo llegue pronto a nuestras vidas, y a la vida de la Hermandad, de manera que ésta se convierta, cada día más, en recinto de verdad, de justicia, de paz y de amor; para, desde ella, dar testimonio con nuestras vidas, de la Fe que profesamos en Jesucristo, el Hijo de Dios.
Pronto celebraremos la fiesta de Pentecostés: preparémonos interiormente para acoger la gracia del Espíritu Santo, y ser fieles a la enseñanza de Jesús, el Maestro de vida interior. Leamos, meditemos y pongamos en práctica la enseñanza de Jesús en el Evangelio.
Finalmente, volvamos nuestra mirada a María, la Madre de Jesús -como nos dice el texto-. Es tan importante para los cristianos volver la mirada continuamente a María,... Es tan importante tenerla a Ella continuamente en la vida de nuestra Hermandad...
La Madre de Jesús, a la que nosotros veneramos bajo la advocación de María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos, es para nosotros fuente de gracia y de salvación, en la medida en que nos presenta contínuamente a su Hijo, favoreciendo que cada día más nos enamoremos de Jesús, nos inquietemos por las necesidades de nuestros hermanos, y tomemos conciencia de la falta que nos hace en nuestra vida un Pastor que aliente con su presencia nuestra Fe, tan tibia en algunos momentos.
En esta tarde miramos a María, y sentimos cierta envidia de Ella, que pudo contemplar a Jesús, y escucharlo y seguirlo,... Pero nos consolamos, sabiendo que también nosotros podemos escuchar sus palabras en el Evangelio, contemplarlo en su presencia Eucarística, y seguirlo por los caminos que nos inspira el Espíritu Santo.
Queridos hermanos: pongamos a María en el centro de nuestras devociones y de nuestra Hermandad, para que Ella aglutine y una a sus hijos, los Hijos de Dios, dispersos por el pecado y la desunión.
¡Bendito sea el Señor!
Hermandad
de Monte-Sión
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Tlf.: 95 - 491 - 56 - 82
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