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Hermandad de Monte-Sión Pontificia, Real, Ilustre, Antigua y Dominica Hermandad y Archicofradía de Nazarenos de la Sagrada Oración de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada y Santo Domingo de Guzmán |
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El Adviento: tiempo de esparcir
Queridos hermanos en Cristo:
Éste es el tiempo de la Iglesia, porque es el tiempo del Espíritu Santo. Todo huele a Él. La comunidad cristiana, los signos de nuestro tiempo, los valores que nos esforzamos en llevar a la práctica,... Todo está impregnado por la acción del Espíritu, y todo tiende hacia Él, mientras esperamos alegres y esperanzados la llegada definitiva del Mesías.
Desconocemos cómo y cuándo será esa llegada, pero sabemos que acontecerá, porque en su primera venida a nuestro mundo -cuando se hizo hombre en Jesús de Nazaret, hace más de dos milenios- así nos lo prometió, cuando dijo a sus discípulos que volvería para recapitularlo todo en Él (Mt 24, 37).
Precisamente para esa segunda venida comenzamos a prepararnos en este tiempo de esparcir la semilla del Evangelio en nuestro mundo -comenzando por nuestro propio corazón-. Es el tiempo del Adviento, tiempo de gracia y esperanza en el que nos preparamos interiormente para, con una fe ardiente, celebrar el recuerdo de su primera venida, gozando de su Natividad, mientras sentimos en la profundidad de nuestro corazón el deseo ardiente de su llegada definitiva, cuando desaparezca completamente toda huella de maldad e imperfección.
Con toda razón los cristianos aclamamos cada domingo, pero especialmente en este tiempo de preparación, nuestra consabida contraseña: "¡Ven, Señor Jesús!". ¡Cuánto deseamos y anhelamos su presencia definitiva y radicalmente aglutinadora entre con nosotros!.
Es cierto. Esa venida ha de ser preparada. Y preparar significa esperar. Y esperar es permanecer activos, trabajando por la construcción aquí y ahora del Reino de Dios, proyecto tan anunciado y querido por Jesús, Señor nuestro.
Es la virtud de la esperanza la que nos guía e ilumina el camino: esperanza en la conversión personal de cada hombre; esperanza en la renovación de cada pequeña comunidad cristiana; esperanza en el cambio definitivo y absoluto de nuestro mundo, que cambien las estructuras del pecado, que se olviden los rencores y egoísmos, que cese la manipulación de personas,... que comencemos a recibir a los hombres como lo que son, ¡nuestros hermanos!.
Considerar a cada hombre como hermano, significa que tratemos a todos por igual, trabajando por la paz y la solidaridad entre todos los hombres. Ésa es la llegada del Mesías prometido. Y éste es el tiempo propicio para trabajar por ello.
Pero,... ¿qué haremos nosotros, Señor?. Somos pocos, y a veces desunidos. Tenemos deseos de conversión y cambio, pero,... tanto miedo y cobardía... ¡Ya lo sé!.
Primero, contemplaremos a un ser excepcional que te amó profundamente y que colaboró denodadamente por la construcción del Reino. Se trata de María, tu fiel discípula. En Ella, al contemplar el gran amor con que esperó al Hijo, nos sentimos animados a tomarla como modelo para preparar, vigilantes en la oración y jubilosos en la esperanza, el encuentro con el Salvador. Por ello, éste es el tiempo por excelencia de contemplar a María, siempre Virgen, porque en Ella, se hacen realidad los anuncios proféticos de la llegada del Mesías.
Segundo, te buscaremos a ti, fuente eterna de bendición y de gracia, en la escucha y meditación silenciosa de tu Palabra: en la lectura diaria del Evangelio, en la celebración de algún Retiro de Adviento, en la oración comunitaria, en el arrepentimiento celebrado comunitariamente en el perdón de los pecados, en la Eucaristía de cada día, especialmente en la dominical, donde tu Evangelio es lección de vida desde el amor.
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Ésta es la clasificación de los textos del Evangelio que leemos en los domingos de Adviento:
Por su parte, los profetas nos anunciarán en las primeras lecturas de la Eucaristía dominical la obra de Dios y su llegada como Mesías. |
Y en tercer lugar, tendré siempre un corazón abierto y humilde para revisar mi propia vida y descubrir con cuánta intensidad -sea mucha o poca- vivo desde tus consejos evangélicos. Me esforzaré en visitar a mis conocidos y parientes enfermos, que pasan tantas horas solos; compartiré mis bienes con los más necesitados; practicaré la honradez en todos los aspectos de mi vida cotidiana; estaré, en definitiva, siempre atento a las necesidades de mis hermanos, porque en ellos aprendo a amarte a ti, Amor inagotable.
Y todo ello, con una sola finalidad: preparar mi corazón para que Tú seas su centro.
Hermanos: éste es el tiempo de la esperanza, de esparcir la semilla de la Buena Noticia del Reino allá donde estemos, porque queremos que Cristo llegue a nuestra Iglesia y a nosotros mismos, para que la celebración de la Navidad sea auténtica celebración del Misterio de la Encarnación de Dios (¡Dios que se hace hombre!), y no derroche consumista de unos hombres ciegos ante las necesidades de sus hermanos.
Finalmente, oremos insistente y confiadamente durante este tiempo de esperanza, para que Cristo renazca en nuestros corazones, mientras trabajamos arduamente por su proyecto, que también es el nuestro: el Reino de Dios.
ORACIÓN PARA MEDITAR DURANTE EL ADVIENTO
Padre, lleno de ternura y siempre dispuesto a la reconciliación,
te alabamos, te bendecimos y te glorificamos
por el misterio de la Virgen Madre.Porque, si de Adán
-el antiguo hombre que nos precipitó al pecado
y al sufrimiento-
vino la ruina para el género humano......En el vientre virginal de una hija de Israel
ha brotado para todos los hombres
un nuevo hombre que porta en sí la salvación y la paz.El estado de gracia y amor que Eva nos arrebató
ha sido devuelto gracias al "sí" de María.
En Ella, madre de todos los hombres,
su maternidad se abre al don de una vida nueva.En efecto, Padre, donde había crecido el pecado
se ha desbordado tu perdón,
gracias al Espíritu en Cristo, nuestro Salvador.Por ello te alabamos, te bendecimos y te glorificamos
mientras, en la espera impaciente del Mesías,
trabajamos por la consecución de tus promesas:
un Reino nuevo con unos hombres nuevos.
(A partir del Prefacio IV de Adviento).
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